El arpa y la sombra

Atrás quedaron las ochenta y siete lámparas del Altar de la Confesión, cuyas llamas se habían
estremecido más de una vez, aquella mañana, entre sus cristalerías puestas a vibrar de concierto con
los triunfales acentos del Tedeum cantado por las fornidas voces de la cantoría pontifical; levemente
fueron cerradas las monumentales puertas y, en la capilla del Santo Sacramento, que parecía sumida
en penumbras crepusculares para quienes salían de las esplendorosas luces de la basílica, la silla
gestatoria, pasada de hombros a manos, quedó a tres palmos del suelo. Los flabelli plantaron las
astas de sus altos abanicos de plumas en el astillero, y empezó el lento viaje de Su Santidad a través
de las innumerables estancias que aún la separaban de sus apartamentos privados, al paso de los
porteadores, vestidos de encarnado, que flexionaban las rodillas cuando hubiese de pasarse bajo una
puerta de bajo dintel. A ambos lados del largo, larguísimo camino, seguido entre paredes de salas y
galerías, pasaban óleos oscuros, retablos ensombrecidos por el tiempo, tanicerías apagadas en sus
tintes, que mostraban acaso, para quien los mirara con curiosidad de forasteros visitantes, alegorías
mitológicas, sonadas victorias de la fe, orantes rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares
hagiografías,

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